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MI HISTORIA

Todo comenzó en la primavera de 1998, mientras cursaba la Historia del Pensamiento Económico que impartía Rafael Domínguez en la Universidad de Cantabria. Aprender que la economía que habíamos estudiado durante tres años y medio (incluyendo favoritos personales como la teoría de juegos) era una entre varias posibles escuelas de pensamiento fue una revelación. Comencé a hacer mi tesis doctoral bajo la dirección de Rafa, que me encauzó hacia la historia económica a través del estudio de la despoblación rural. Era la época de Un país en la mochila de José Antonio Labordeta, el encantador pueblo de Cicely en Doctor en Alaska y el improbable duelo de Copa del Rey entre el Numancia y el todopoderoso Barça, y en mi cabeza todo ello se combinaba de alguna manera con mis recuerdos de niñez de un valle de Iguña (el origen de mi familia paterna) en declive a lo largo de los años ochenta.


El tema no tenía una resonancia ni lejanamente parecida a la que tiene ahora, pero no puedo quejarme. En 2001, Vicente Pinilla, de la Universidad de Zaragoza, me llamó para sondearme: ¿estaría yo quizá interesado en concursar a una plaza que se abría en su universidad? Sí lo estuve, y aquello fue el inicio de diecinueve estupendos años junto a Vicente y al resto de compañeros de Zaragoza. Aragón era uno de los pocos lugares de España en los que la despoblación se sentía como un problema importante, y resultó ser un fantástico trampolín para mi trabajo. Pude insertarme en la dinámica del por entonces naciente Centro de Estudios sobre la Despoblación y Desarrollo de Áreas Rurales, y de su mano pude participar en todo tipo de actividades y completar mi formación trabando contacto con especialistas de otras disciplinas diferentes de la economía y la historia, sobre todo geógrafos y sociólogos.


Zaragoza también me permitió, claro, convertirme en profesor de historia económica, que es la tarea más importante a la que me dedicaría. En 2003 pasé a ser Ayudante Doctor y en 2008, tras haber ganado la correspondiente habilitación nacional el año previo, Profesor Titular. La mayor parte del tiempo estuve dando clase de historia económica mundial e historia económica de España a alumnos de los primeros cursos de los grados en Economía y Empresa. Me gusta pensar que, si nuestros futuros economistas y gestores empresariales logran comprender cómo hemos llegado hasta aquí, no solo serán mejores profesionales: también ciudadanos para una sociedad mejor.


Con mi carrera así encauzada, me pareció necesario abrir una nueva etapa. Mi nuevo tema serían las transformaciones en el consumo de productos lácteos en España desde 1950 en adelante, con la vista puesta en situar este pequeño caso de estudio dentro del gran debate acerca de las bondades y peligros de la opulenta sociedad de consumo, un tema que me había llamado mucho la atención en la Historia del Pensamiento Económico con la que comenzó todo. Casi diez años después aún no he sido capaz de terminar este estudio, pero sí he tenido la suerte de concluir otros proyectos que fueron madurando más rápidamente al compás de mis clases, entre ellos un manual de historia económica de España y un libro sobre la Política Agraria Común de la Unión Europea.


Más adelante, y coincidiendo con mi acreditación como Catedrático de Universidad por parte de la ANECA en 2020, me incorporé a la Universidad de Oviedo. Fue una decisión difícil, porque en Zaragoza a mi entender casi todo era perfecto. Pero Oviedo me ofrecía mejores perspectivas de conciliación familiar. Una vez llegado allí, pude comprobar además que en Oviedo la historia económica tenía por delante un prometedor horizonte de renovación y fortalecimiento al que yo quizá podía contribuir.


Más o menos por las mismas fechas, siendo vocal del Consejo de la Asociación Española de Historia Económica, impulsé la iniciativa de divulgación “Todo comenzó ayer”. En ella dirijo el podcast del mismo título en el que cada quince días hablamos con un investigador sobre su último libro. Buscar el contacto con el “mundo exterior” fuera de la academia siempre me había parecido importante, pero las emociones encontradas que me despertaba el tratamiento mediático de la despoblación rural en los últimos años me convencieron de que merecía la pena intentar hacer algo colectivo al respecto.


La chispa surgió en la primavera de 1998 y a estas alturas, robándole la frase a Van Morrison,

ya es demasiado tarde para parar…